Berlanga de Duero

Sabado 4 de diciembre de 2011.

Hay un bullicio de bar castellano y entrechocar de botellas que se mezcla con el ruido de la televisión. Estoy en Berlanda de Duero y los parroquianos del local, en la vieja plaza porticada, apuran las horas del sábado sin evidenciar la menor reverencia o gestos de admiración por los mas de mil años de historia que les rodean. !Es normal!, pero el visitante, en cambio, queda enseguida abrumado por las imponentes murallas del enclave, la colegiata, las múltiples ermitas, y sobre todo San Baudelio de Berlanga y el vacío que dejaron en sus muros los frescos románicos que vendieron en 1929 a un judio prestamista los vecinos de Casillas de Berlanga.

Berlanga de Duero

Berlanga de Duero

Impresiona saber que a dos pasos de aquí, donde mañana retomaré el Duero, cruzo el Cid el río por Vadorrey, para arrebatarle Berlanga a los moros y ser su primer alcaide en 1089, hace la friolera de mas de 1.000 años.

El Barcelona vapulea por 3 a 0 al Levante e hipnotiza con su alta definición televisiva a unos curtidos parroquianos, algunos cercanos a los 80 años, con el rostro con tantos surcos como las tierras que labran al sol. Tierras de los Tovar, señores de Berlanga, y quien sabe de que otros dueños, quizás los monjes dominicos, como Fray Tomás de Berlanga, que salió de este rodeno territorio para posar sus sandalias en las ecuatoriales Islas Galápagos y fue Obispo de Panamá y viajero por el Perú, recién sojuzgado. En 1510. !Casi nada!.

Fray Tomás es uno de los hijos insignes de Berlanga, el otro es Mío Cid, aunque este último fuera hijo adoptivo, ya que había nacido en Vívar. Tierras burgalesas mas al noreste, mas, si cabe, parameras, tierra dura, fría y castellana, germen de las Españas, que él fue agrandando en su bajada hacia el sureste, seguramente después de todos aquellos episodio, que están entre la historia y la leyenda, de la jura de Santa Gadea. Cuenta esa historia que el Campeador obligó al rey Alfonso Sexto a jurar que no había tenido arte ni parte en la muerte de su hermano, Sancho II el Fuerte, en el sitio de Zamora. En las explicaciones que daba el maestro en la escuela sobre aquel hecho de 1072 citaba a Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, que debió mediar en el asesinato con sus malas artes, y decía con voz solemne, recitando un antiguo poema,  ”si gran traidor era el padre, mayor traidor era el hijo”, lo que convirtió al Bellido o Vellido en el primer malvado que recuerdo de mi infancia).

Almanzor también anduvo por estas tierras y perdió pie en Calatañazor, Duero abajo, y debió regresar, en el año novecientos y pico, malherido y humillado por el paso de Andalùz, un pueblo hoy de 80 vecinos, que tuvo mas de 20.000 almas.

Andalúz, en la distancia

Andalúz, en la distancia

¿Adonde se fueron aquellos pueblos?. ¿A Bilbao?, ¿A Barcelona?, ¿Madrid, quizás Zaragoza?. A alimentar la deshumanización, a vivir  la vida moderna,  pero también a permitir que los chicos estudien, “que no tengan que andar como nosotros -pensaban los padres- todo el día cubiertos de barros”.  Así se alimentaron las ciudades y se despoblaron los campos.

En Andalúz han quedado silenciosos los capiteles románicos de San Miguel Arcangel, forjados al fuego del sol que se pone sobre las arboledas. Los últimos rayos de sol proyectan una luz brillante y metálica sobre la piedra roja de las arcadas, perfilando las figuras monstruosas, angelicales y enigmáticas que pueblan los capiteles del pórtico, que presta un balcón excepcional para contemplar la llanura que cruza el Duero.

El espectacular románico de  Andalúz.

El espectacular románico de Andalúz.

Andalúz, que fue, dicen las guías, el primer pueblo-villa con fuero de Castilla. Tan importante era, pero hoy apenas hay casas abiertas.

Alguien ha rehabilitado allí un palomar. Bueno, alguien no. Enrique Alvarez Lafuente y su padre Jesús atienden una preciosa construcción circular con mampuestos de piedra del siglo XVIII, “El Palomar del Risco”, donde pasaré esta noche, y que está primorosamente arreglado, con una estufa irradiando calor por sus dos alturas, unidas por una empinada escalera.

Una mujer me ha enseñado San Baudelio, rodeado de tumbas de una necrópolis también milenaria. En medio, una columna con un poderoso fuste policromado sostiene 8 arcos semicirculares y apuntados para aguantar la techumbre. El resultado es una gigantesca palmera en una sala a la que se accede a través de diferentes arcos de herradura (la ermita es mozárabe, como en la mayoría de las ermitas de los territorios fronterizos, hoy moros, mañana cristianos, después árabes y vuelta a empezar). Dos bueyes enfrentan sus testudes en el único fresco reconocible que le queda a la ermita.

San Baudelio de Berlanga. Siglo XI.

San Baudelio de Berlanga. Siglo XI.

Cerca de 60.000 pesetas pago un judio prestamista por los frescos a los 20 vecinos de Casillas, propietarios de la ermita. Algunos de los frescos han vuelto desde un museo de Nueva York en virtud de cesiones e intercambios al Museo del Prado, para mayor gloria de la pinacoteca española, pero para menor brillo de sus legítimos propietarios, que eran los muros de San Baudelio, que fue un santo y mártir galo del siglo V. La historia es así y así es la historia, por 60.000 pesetas. También hay quien apunta, y no lo critico, que gracias a que se vendieron se han conservado, porque en relación con el patrimonio que está desperdigado por áreas rurales la dejadez de este país en tiempos pasados ha sido notable.

Bueno, el Barcelona ya va 5 a 0 con el Levante y yo debo retirarme a mi palomar para el madrugón. He recogido la piedra que utilizo como mojón para marcar las etapas en el lugar en que la deje al abandonar la última caminata, en la que tenía los pies molidos, que acabó a la altura de Andalúz, en un paso elevado de la carretera entre el Burgo de Osma y Almazán. Mañana continúo hacia San Esteban de Gormáz en esta etapa decembrina de mañanas frescas y neblinosas. Arrancaré en el Puente Romano, junto a Andalúz, que por una noche y aunque sea en un palomar, será mi hogar y mi casa.

Mi alojamiento,m un palomar del siglo XVIII

Mi alojamiento, un palomar del siglo XVIII.

Almazán, segunda frontera

20 de mayo de 2011. Almazán (41º 26′ 60”N 2º 31′ 57” O).

Casi medio año ha transcurrido desde mi última visita a Almazán, en diciembre, y casi un año desde el 29 de mayo de 2010, en que acometí la larga jornada hasta los trigos de Itueros, así que ya conozco las mañanadas y los rociones que se gasta el Duero. Almazán me recibe con el cabrilleo de las hojas de los álamos y una, a modo de,  ”nievecilla” primaveral que flota sobre el río: es el “plumón” reproductivo que sueltan los chopos, que en forma de copos y pelusas vuela con el aire, río abajo.

Río abajo, y yo con todo ello, en una hermosa mañana de cielo azul que cruzan golondrínas nerviosas. Mientras, va quedando atrás Almazán y sus iglesias, sus casas y sus murallas, incapaces de frenar el lento avance de las aguas, que atraviesan aquí su segunda gran frontera camino del mar. Soria ha sido la primera. Almazán es la segunda gran población amurallada que se asoma imponente al río. Pero el Duero se amansa, galopan sus brillos sobre los cantos rodados del puente, saluda y pasa.

 

Dejando atrás Almazán

Dejando atrás Almazán

El río ondula su curso entre los juncos nada mas rebasar la ciudad. Baja terroso, por haber recibido lluvias, pero sin bravura, como si todo él fluyera en bloque; como si hubieran fraguado juntas todas las moléculas del agua. Y huele a río, como huele el Duero, a agua profunda, a sombra y a piedras gastadas.

Me he puesto en camino tarde, a las once justas. Lo sé porque las ha dado el campanario de la iglesia, una de las muchas que se asientan sobre la muralla que cuelga sobre el río. Enseguida, por una alameda, he llegado hasta una pequeña casita y una mimada huerta de apenas 6 u 8 surcos, plantada de flores, patatas, guisantes y todo tipo de menudencias. La caseta, de obra, de un gusto exquisito, anuncia toda una suerte de huertas e invernaderos, casitas hortelanas, y conducciones de agua bien mantenidas.

He hablado con un joven pescador de barbos que dice que no pican y que afirma que conoce poco el río, que no es de por aquí. Lleva esa ropa de camuflaje que tanto gusta a los pescadores y cazadores, la moda Rambo de los tipos duros de cuchillo de sierra en la boca.!!Grrrrrrr!!.Je je.

Luego he saludado a una mujer que daba cuatro cavadas a sus plantas, algunas de ella rosales y matas de plantas aromáticas de todo tipo. La mujer se ha extrañado cuando le he dicho que voy poco a poco hasta Oporto con el río y ha preguntado, inocente, si es que la carretera (que aquí está próxima a la orilla), iba tan lejos. Puede que también ella estuviera de chirigota conmigo porque las pintas que llevo son de otro mundo, y no precisamente galáctico. Bueno, ella, muy amable, se ha apresurado a cortar para mi, de un pequeño seto, una ramita de romero, en cuanto le he dicho que estaba precioso. “Tenga para que le acompañe en el camino”, me ha dicho. Y así será.

Luego he llegado a la Harinera Martinena, que está pegada a la carretera y encauza al Duero para usar su fuerza en la molienda, o al menos aprovecha un ramal, una parte del curso del Duero. Es un edificio el de la Harinera blanco y límpio, con unos jardines también de muy buen aspecto, pero exhiben un feo cartel que reza: “prohibido el paso”, “propiedad particular”. Cuanto mejor sería un cartel que invitara: “Pasen y disfruten” y unos buenos bancos al lado del río, entre setos y rosales, y una fuerte clara y rumorosa, !!Pero!!.

Bueno, ahora voy a comer junto a un remanso del río. Estoy a unas dos horas de Almazán. No voy cansado, pero ya es hora. Creo que tengo “pollo al ajillo”, que me he preparado como en las excursiones de mi infancia, con mi madre y con mi hermana. Acabo de ver dos bonetes, pero están secos, !!lástima!!. Mañana echaré una mirada.

Yo creo que ya he explicado que los bonetes son un tipo de setas que en mi familia hemos comido desde muchas generaciones atrás y que, aunque a otros hacen daño, a nosotros nos encantan con un huevo revuelto, ajo y perejil.

Ahora voy a filmar el lugar para recoger los ruidos de la ribera, los pájaros y las chicharras y la quietud de este momento junto al gua, que resbala mansa, constante, blanda. (¿Aprenderé algún día a subir al blog los vídeos?, ¿o será que “pesan” demasiado¿. !!!Tu si que pesas, vida!!!, me lo digo a mi  mismo así, de buen rollito.

Hoy duermo cerca de Rebollo de Duero, un pueblecito pequeño de 50 casas, pero cuidado y con una hermosa fuente de 2002 que da un agua fresca, aunque con algo de saber a grifo de ciudad. !!Ahh el progreso!!. Con todo, el agua es muy bien recibida porque había agotado todas mis existencias y el agua es fundamental para evitar desfallecer. Son las 9 de la noche y estoy cansado como un burro. En el pueblo me han dicho que el bar abre sobre las 10 y media de la noche y solo viernes, sábados y domingos.

“!Y eso que hoy es la fiesta del pueblo!” comenta con sorna un vecino que me da explicaciones  a la puerta de su casa. Hoy es San Bernardino, dice su hija, una moza de unos 30 años, muy bien plantada. Otro chico, probablemente su hermano, explica que la de San Bernardino es la fiesta antigua y que hay otra a la que viene mas gente, mas pensada para los veraneantes. Se comprende. Hablo con ellos un rato, animadamente, y me despido porque no me tengo en pie de cansado. Han sido cerca de 8 horas andando por terreno difícil y eso pasa factura, pero ha merecido la pena porque el campo está espectacular, con los trigos de un verde especial y la vida comenzando a bullir por todas las esquinas.

Un altozano para dormir en Rebollo

Un altozano para dormir en Rebollo

 

He visto y he filmado a corzos y también perdices de ruidoso aleteo y  a un zorro espigado y pelirrojo, vecino del talud junto al que yo voy a dormir, que se paseaba majestuoso desde su guarida por entre las repisas sembradas. La tarde está serena y el día se va dejando una pincelada de oro sobre las copas de los álamos. Mañana seguiré hasta Casas de Batán.

Pero no lo consigo.

Ya es el día siguiente, y decido poner fin a esta etapa antes de tiempo porque tengo los pies destrozados. ¿Falta de costumbre en las caminatas?, ¿mal calzado?. Qui lo sa. De cualquier modo no lograré llegar al cruce del río con la carretera en Casas de Batán, que era mi objetivo. Me quedo a media mañana en un recodo pronunciado que forma el río antes de dirigirse en línea recta hacia Andalúz, al otro lado, un pueblecito al que saluda de lejos.  Sin adentrarse entre sus peñas, el Duero discurrirá camino ya de Gormaz y de las tierras próximas al Burgo de Osma.

Con todo, no ha sido una mala etapa. La noche ha transcurrido lenta, pero serena, con dificultades para poder dormir en mi colchoneta, algo escasa. Y con el vaho condensandose dentro de la tienda. Al menos no ha hecho frio. Aunque me he dormido algo mas de la cuenta, hacia las 9 he conseguido recoger los trastos y la tienda y ponerme en marcha.

Las tierras de Rebollo son buenas y bien cultivadas, entre otros por mi amigo Carmelo, de El Burgo de Osma, que riega unos trigos gigantescos con la presión que un motor le da al agua, que se distribuye con grandes estructuras tubulares de aluminio, móviles y ensamblables (vaya palabra). Hablamos un buen rato de Rebollo, de su trabajo, de las corzas “que bajan a criar aquí, a la fresca y luego, cuando ya paren, se vuelve -me dice- otra vez p’ arriba”, hacia los encinares y las lomas.

El Duero forma entrantes y salientes ahora en forma de dientes de sierra y sigue por entre campos recién arados, trigos y choperas, camino del recodo de Andalúz. El día está plácido mientras escribo bajo una frondosa encina, en un altozano, a medio centenar de metros del cauce y la ribera verde y fresca. Frente al imponente paso entre las peñas de Andalúz, allá lejos, al otro lado del río, por donde cruzó, dicen, Almanzor, a la vuelta de sus correrías norteñas.

Y aquí se acaba la etapa, de modo algo anticipado, pero mejor así. Me voy en busca de la carretera y de mi taxista particular por estos lares, Victor García, que me habrá de venir a recoger. ¿Por qué voy a forzar a las piernas si se niegan a seguir ?. ¿Hay acaso alguna urgencia?. Ni puertas al campo, ni prisas al río. El medio es el mensaje, que decía McLuhan. El cómo es el qué.  Y “Caminante, no hay camino”, aprendimos de Atahualpa, y  ”Cuanti mas lejos te vayas, mas te tenes que acordar”,  Citarrosa sentenció.  A todos ellos, mi reverencia. Y aquí paz y allá gloria, y por hoy se acabó.

 

 

 

 

Almazán impone al Duero sus Murallas

He madrugado. No han dado todavía las ocho y aún es de noche cuando retomo la marcha a orillas del Duero, junto a la torre de Belacha. Es viernes, 10 de diciembre de 2010, y le cuesta amanecer a la mañana. Veo reflejos de plomo en los ventanales de la Ermita de Nuestra Señora de Belacha y siento el movimiento amenazador de las sombras de los álamos, que parecen lanzar un aire gélido sobre los charcos helados. No puedo apenas ver, pero oigo el rumor del Duero a pocos pasos, y también el canto de aves tempraneras y desconocidas.

Las primera luces revelan el brillo de la corteza de los chopos, cubiertos de líquenes verdosos. El día está frío, pero no nevará.

 

Costaba amanecer la mañana

Costaba amanecer la mañana

Al fin he descubierto el misterio de mi confusión al acabar la última etapa, cuando sentí que el río fluía en dirección contraria a lo que debía ser, según me decían mis sentidos. Como si el Duero se hubiera dado vuelta en uno de mis despistes y se hubiera puesto a correr en dirección a Urbión en lugar de hacia Portugal. Je je, que bromas nos gasta la “chaveta”. Y de nada me servían mapas o satélites GPS, porque la brújula interior me decía que el río había cambiado de dirección y no lo entendía. Pero ahora si lo comprendo. No era el Duero.

Se llama Rio Mazos y es un riachuelo, no tan pequeño, que tributa en el Duero a esta altura, bajando desde Lubia, y desde la Laguna Guijosa y de la Laguna Larga, que tampoco quedan lejos de El Cubo de la Solana. Es un regato grande que antiguamente se llamaba Río Verde y que se entrega al Duero por la derecha de su marcha.

Forma con él un ángulo agudo ( -< ) , algo así como este símbolo en el que el Duero es el palito que se abre hacia arriba en el signo y el Mazos el inferior, de tal modo que yo veía que el Mazos venía hacia mi, y eso no era posible de haber sido el Duero, al que yo atribuía una marcha contraria. Bueno igual me he liado un poco para explicarlo.

No hay como la paciencia para descifrar enigmas y en los meses transcurridos desde mayo a diciembre he podido comprender lo que pasaba. Hoy he recogido mi piedra que sirve de hito en cada etapa, he cruzado el arroyo Mazos no lejos de la Torre de Belacha o Velacha, que de las dos formas se escribe, he caminado unos minutos y enseguida he descubierto un curso fluvial de gran porte, rápido, abriendose paso con fuerza por entre ramas caídas, sotos y ramas recién cortadas. Este si que es el Duero. Y verlo de nuevo, comprender que todo estaba en orden, me ha hecho sentir una especie de escalofrío, como el que sientes cuando después de un largo viaje adivinas las formas familiares de tu casa, de tu portal, de alguien querido. Y entonces si que he retomado la marcha.

Con todo, la de hoy es una etapa peculiar, porque he dormido en Almazán, pese a que ese será el final de mi etapa. Osea, viajé anoche desde Madrid a Almazán en mi coche. Cené y dormí como pude en una posada y esta mañana, antes del alba, he tomado un taxi, que me ha traído hasta Belacha, unos 15 o 20 kilómetros por carretera río atrás desde esa bonita ciudad amurallada.

Sobre Velacha o Belacha me he documentado también en este tiempo transcurrido desde mi última visita y he aprendido que también se llama Torreón de Los Hurtado de Mendoza y que es, al igual que la ermita que posee, del siglo XII, ambas, torre y ermita, restauradas. La ermita, en su día convento, es la pieza sobre la que gira la Finca de Velacha, un dominio agrícola privado, compuesto además por casas y molinos que el obispo de Siguenza entregó en 1198 a los “queridos hijos” Pedro de Barca y Pedro Abad, “cuidados desde la infancia en la casa (in domo) de Belacha”.

Belacha

Belacha

Esto, claro, no lo sabía yo, se cita en el libro de Jose María Pérez Marañón “El Cubo de la Solana. Historia y Vida de un Pueblo”. El autor, que pide amablemente perdón por su “culta latiniparla”, dice que se daría por pagado si las páginas de su libro sirvieran para algo. Pues ya puedes darte por satisfecho, querido amigo, porque a mi me han servido de mucha utilidad en mi tránsito por estas tierras. Y he aprendido que vale mas compartir lo que uno sabe y conoce, aunque sea gratis et amore, que guardar en un cajón polvoriento los escritos en espera de que un editor se apiade  y decida publicarlos.

Vuelvo a mi camino. Victor, el taxista, me ha cobrado 18 euros por el viaje desde Almazán y me venía mostrando en el trayecto, por una estrecha carretera algo desvencijada, las apariciones inesperadas de ciervos y zorros en los sotos, que se asustaban por los faros del automóvil. Daba gusto la calefacción del coche, sintiendo fuera la oscuridad y el frío de la noche.

Ahora ya son la diez y he hecho una pequeña parada aprovechando la mesa y el siento (a privativa) que me brinda el Paseo de los Tiemblos, después de la bifurcación del río, en forma de ocho, que hace el curso del Duero entre Belacha y Berriel, un caserío que queda en su margen izquierda.

lugar de descanso junto al Duero

 Los Tiemblos, lugar de descanso junto al Duero

El sol que levanta pausadamente desde el Este me deslumbra continuamente por estas orillas de hierbas doradas y agostadas en las que el ciervo aplana y forma sus camas, que yo aprovecho para avanzar rápido y evitar el roción húmedo sobre mis pantalones, que aún se mantienen algo secos.

Cantan los herrerillos y los picapinos, pasan volando bajo algunos patos y cormoranes y he visto una bandada de nueve gansos en formación, volando hacia el noreste. He pasado no hace mucho cerca de la carretera SO-P-3029, justo después del desdoblamiento en forma de ocho que hace el río al abrirse en dos brazos, juntarse  luego, volver a separarse y juntarse de nuevo. Eso ha hecho que, en medio de las revueltas semicirculares, queden fértiles tierras para choperas y álamos temblones.

He caminado algunas horas por entre arboledas recién taladas. Se han llevado ya los troncos de los álamos, cuya fina madera, mala para el fuego y peor para hacer muebles, es sin embargo muy apreciada para embalajes, por su ductilidad y su bajo peso. Y por la facilidad con la que las cuchillas sacan de los troncos en corte circular, láminas aromáticas y blanquecinas, con las que fabricar cajas de frutas y otros envases.

El sol de diciembre es inusualmente cálido a medida que me voy acercando a Almazán. Voy a terminar junto a la posada en la que he dormido la noche anterior , la de la Puerta de la Villa, un sitio limpio con buen restaurante -memorable la sopa castellana- pero con camas estrechas para los usuarios de habituación individual. Te la dan doble, pero de nada te sirve porque tiene “dos camitas”, que entre las dos no hacen una. Bueno, a mi siempre me parecen estrechas y, mas que camas, me parecen “camillas”.

También me han tocado vecinos parlanchines en la habitación contigua y me dormí tarde. A las siete empezaron a repicar todos los campanarios y todas las campanas. Claro, Almazán tiene iglesias como para parar un tren. En una de ellas murió el gran autor Tirso de Molina, que era un religioso ocurrente que, además de escribir grandes obras literarias, sirve para que la gente quedemos en la plaza de Tirso de Molina de Madrid y que vayamos desde allí al rastro o a Lavapies.

La puerta de la Villa de Almazán

La puerta de la Villa de Almazán

Almazán, que no Almaráz, según se me ha deslizado alguna vez, es una ciudad famosa por sus iglesias y sus rollos, que son antiguas construcciones circulares de piedra o de metal con la función de hitos o lugares para impartir justicia. Y también por las yemas. En Casa Almarza, un sitio limpio y bien atendido, las hacen desde 1820, o al menos el local existe desde entonces, en la calle Arco de la Villa número 4. Me explica el pastelero que están hechas de yema de huevo pura y azúcar, osea lo que me recomienda el médico. Se las he comprado a mi amiga <Belén que, si no se echa atrás, me acompañará esta tarde a ver una adaptación de Metrópolis, la obra maestra del futurismo de Fritz Lanf, de 1920.

Esta etapa acaba en la posada con un café con leche. Digo adiós a Almazán por ahora y me llevo impregnada la retina con la imagen de las dulces curvas que describe el Duero desde Belacha hasta aquí, entre alamedas recien cortadas.

Que no se me olvide mencionar a Hilaria Morón Jimenez,  que ha muerto anteayer a los 82 años en Almazán, porque su esquela está en todos los establecimientos. Una esquela azul, muy bonita, en la que se menciona que era viuda y, no se, de algún modo me ha resultado familiar y querida su pérdida, me ha parecido muy próximo el modo en que conoces en un pueblo la muerte de una persona, y puedes rememorar tus conversaciones con ella por esas calles empedradas, si es que la has conocido, aunque yo creo que en Almazán todas las personas se conocen, que es como debería de ser en todos los pueblos.

Murallas e iglesias

Murallas e iglesias en primavera

Pese a la belleza de esta imagen primaveral, ahora es todavía invierno en estas tierras de Soria y el Duero lame silente los pies de Almazán, cuyas altas murallas parecen replegar intra muros a los habitantes de esta hacendosa villa. El río, callado, sigue su curso, entristecido por el invierno, como si

percibiera la indiferencia que le muestran las viejas piedras, como si supiera que toda la existencia de un pueblo y de sus gentes no es mas que un instante comparado con la eternidad de un río.

Ruidos en la noche

Amanezco junto al Duero. Son las 06.30 horas del domingo 30 de mayo de 2010. Es una mañana brumosa que ha dejado una película de gotas de cristal sobre las hierbas y los arbustos. Desde el roquedal sobre el río en el que he pasado la noche, el despertar es un continuo gorjeo de pájaros que se llaman, se hablan y se saludan. Sonidos repetitivos, enigmáticos, estridentes, con retruécano; cucús, solos de flauta, chillidos angustiados, de hambre, de cortejo, mezclados con ruidos de chicharras, batracios, mosquitos y abejorros mañaneros. Todos han amanecido conmigo y me han despertado. Y no diré que con embeleso, sino con tal algarabía y desorden que en varios momentos durante la noche pensé en sacar la cabeza del saco y de la tienda y pegarles un par de gritos. !!!A callar todo el mundo!!!, o todo pájaro, o lo que fueran. !!Que noche!!!!.

 

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La luz pastosa del sol pone sobre todo esta mañana un manto de terciopelo brillante y permite que se desperecen todas las criaturas, las que se dícen de Dios y las que estamos aquí por aquello de conocer mundo. La aventura se agazapa detrás de cualquier recodo, pero a veces hay que ir en su busca y ya os digo yo que la mejor hora no es la de la mañana.

Estoy sentado en el altozano, en la curva del río que mira hacia Ribarroya y forma amplios meandros redondeados, en los que crecen trigos de 90 centímetros de altura, abrevados por la humedad del Duero y alimentados por un suelo de cascajo cuarzo y ródeno.

Son ya las ocho, buena hora para cobrar una herencia y quizás también para echarse a andar río abajo. Tiemblo al pensar en lo empapado que estaré dentro de media hora, en cuanto alcance los trigales, que aún están helados como puedo ver en la escarcha del camino. Bueno, me consuelo, ya me secaré al sol de los lagartos.

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Me lanzo a caminar por las márgenes del río, que son una delicia de colores verdes en todas sus tonalidades. El frío de la mañana casi me cauteriza las fosas nasales, pero entran ganas de asfixiarse respirando, porque en cada inhalación penetra el salvaje aroma del espino en flor. Decenas, centenares de espinos, como el de esta foto, jalonan la linde entre las aguas del río y los trigos, y me obligan a penetrar entre las espigas para evitar las púas de sus ramas.  No hay alquimista capaz de sintetizar este aroma, ni cámara fotográfica suficientemente sensible para reproducir la fragilidad de los estambres de las flores blancas, entre el zumbido de los abejorros y el siseo de la espigas que se doblan empujadas por el aire. Y este espectáculo es gratis. Está aquí esperando para ti en cada mañana de mayo, mientras la vida pasa con calma.

 

Una hora después, o quizás dos, el sol reparador de los lagartos lo encuentro en Ituero, un pueblecito muy arreglado, pedanía de El Cubo de la Solana, que se alza en un recodo de El Duero, que aquí  muestra una gran belleza en las revueltas y arboledas que forma delante de la pequeña población. Un hombre, en sus casi 60 años, excava unas patatas junto a la entrada del pueblo, donde el cartel con el nombre de Ituero  queda oculto por  otro cartel mas grande, de esos del Plan E.

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“Tiene gracia -me dice luego el hombre, que se llama Javier Andrés-, vale mas el cartel que las obras que anuncia”.

“Ya lo he visto -le digo- son obras por 5.000 euros”. “¿Pero el cartel no costará 5.000 euros?, preguntó-

“5.000 no, pero 2.000 si que vale”, afirma él con sorna sostenida.

El cartel anuncia las obras de adaptación a las nuevas tecnologías de la administración de El Cubo de la Sola en Ituero, o sea, ordenadores, ADSL y esas cosas. Total cinco mil y pico.

Javier me ofrece su casa para refrescarme cuando le pregunto por un bar. Me muestra el pueblo, camino de su casa, y me hace reparar en que está muy arreglado. “Mal no lo veo” le digo yo con cautela, por si va con segundas, porque después de lo del cartel les hemos arreado “estopa” a los políticos. Y además a todos.

Al ver el frontón, nuevo reluciente y construído y revocado con mucho gusto, me doy cuenta de que lo decía en serio. También se ha arreglado la casa del cura, “de cuando había cura”, matiza Javier, y que ahora se ha convertido en teleclub para la gente mayor.

Javier hace toda una digresión sobre los que se han marchado y emigraron a Zaragoza, los que viven en pueblos que son cabeza de partido, como él, que vive en Almazán, y la poca gente que ha quedado en los pueblos.

Hay un par de curiosos que me observan desde las calles del pueblo. Ella me recuerda a mi tía Trini, con el pelo cano sobre las orejas, pero fuerte y bien conservado. Es una mujer ya mayor que camina algo encorvada.

Sentado en los restos de una beldadora herrumbrosa, me he quitado las botas para secar los pies húmedos y ahora será ella para volvermelas a poner. Todo sea por el Duero y por el camino. Continúo hacia Almazán, a donde a buen seguro hoy no llegaré.

Estoy en Valdespina y son las tres. Bueno, estoy en el lado del Duero opuesto a Valdespina, que se alza en la orilla izquierda del curso descendente. El río aquí comienza a abandonar  las llanuras aluviales, plantadas de trigos, y se adentra por entre lomas cubiertas de encinas y de sabinas rastreras. Esas llanuras se han formado con las idas y venidas de las aguas, las crecidas y el fértil limo que la aguas dejan detrás, el légamo (bonita palabra) que se forma con la descomposición del suelo, los minerales y las hojas muertas. Ahí medra en mayo el bonete, un tipo de setas de los álamos (Helvella lacunosa). No comestibles e indigestas, según los libros, requeterricas en revuelto y con ajillos, según llevamos comprobando en mi familia durante generaciones y generaciones. Ir de niño a coger bonetes era una fiesta. Yo creo que a nosotros no nos  hacen daño porque probablemente hemos desarrollado la enzima que descompone sus substancias tóxicas, porque nunca hemos sentido ninguna molestia. Eso si, las cocinamos bien y se tira el agua que sueltan, se les echa un huevo, se revuelve y rico rico. Algunas setas, que contienen toxinas, pasan a ser comestibles, una vez cocinadas, porque el calor destruye esas substancias.

Tengo que decir que ha sido un placer comprobar que no solo me acompaña en mi camino el gamo. También lo hace el jabalí. No he podido verlo, pero he oído sus berridos y gruñidos y las marcas inconfundibles de como hoza el suelo con sus colmillos buscando raíces y hongos.

A este lado de El Duero, frente a Valdespina, hay también algunas casas, una de ellas un molino que ya no muele, pero que conserva sus arcadas de paso y la canalización lateral para llevar el agua del río hasta la rueda de la noria. Está rehabilitado y es muy delicado en sus adornos, todo sencillo y natural.

Son las 4,15 y acabo la ruta en un mar de confusión, porque, despistado entre las arboledas, compruebo que, donde el río se junta con la carretera, ese río no es el Duero. No tengo ni repajolera idea de lo que ha pasado, pero este es un río muy menor y además su curso es ascendente. No tengo cobertura en el móvil, con lo que no puedo cotejar los mapas. Voy a caminar por la carretera que cruza este arroyo en dirección a El Cubo de la Solana hasta que tenga cobertura y pueda llamar a un taxi porque no puedo ni con mi alma.

Estoy descorazonado. Seguro que es una tontería lo que me ha pasado y lo comprenderé en cuanto pueda ver los mapas, pero después de dos días duros de marcha, abandonar el río con esta confusión me produce una enorme sensación de derrota. Acometo todos los caminos posibles y la confusión es aún mayor, porque ni siquiera consigo la orientación cardinal.

 

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Al rato descubro una torre que, por su antiguedad y su porte, supongo que se trata de la casa-torre de Velacha. Algo es algo, ya se que estoy en Velacha, y allí dejo la piedra que marca el final de mi etapa. Pero ¿Y el río?. ¿Donde esta el agua?.

 

 

Rociones de primavera

29 de mayo de 2010.

El día aparece inmejorable para mi nueva etapa, la sexta, desde Los Rábanos hasta Velacha. De alguna manera presiento que este largo tramo va a ser de los mas duros. He visto los mapas aéreos del río y este describe una enorme curva alrededor de La Solana, apenas tocará pueblos, hasta Ituero, y se aleja decididamente de las grandes rutas de comunicación. Por eso he esperado a la primavera.

Mayo, ya alto, ha puesto una piel de melocotón verde-tierno sobre los campos de trigo. Luce el sol y esta fresca la mañana junto al embalse de Los Rábanos donde un par de pescadores le dan al barbo, a la trucha y a l carpa, si se deja caer.

“Buen día hoy para la pesca”, dice uno de los hombres, que no ha esperado a que le interpelen para expresar sus propias esperanzas. “Si pican será buen día, si”, añado yo en esta conversación de besugos de río, pero que nos hace a las personas sentirnos mas sociables, mas humanos, contemporizadores.

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Me llevo una gran decepción cuando compruebo que la piedra que me sirve de marca en mis etapas ha desaparecido. Releo mis escritos para verificar  la ubicación exacta donde la puse. Meto bien la mano entre el fango para palpar la oquedad del puente en la que dejé encajonado el canto rodado. Nada. Se lo ha llevado la riada.

Es sorprendente la enorme fuerza del paso del tiempo. Pensamos que algo permanecerá en su sitio, igual que lo dejamos y, sin embargo, el aire, el agua y el tiempo se alían y son capaces de mover montañas. Del mismo modo, el tiempo y sus compañeros se han llevado las nieves invernales que dejé en mi última marcha y también la sombra que embargaba mi corazón, la amargura del desamor y el  pesimismo que me impedía sonreir. La vida ha vuelto con la primavera.

Canturrea ahora el pescador mientras cambia el cebo. Un cisne solitario, blanquísimo y altivo, como mandan los cánones, navega indolente por el embalse al fondo del cual se adivina la represa de Los Rábanos. Hacía allí voy.

No resulta fácil salvar el salto del agua y las instalaciones de transformadores y tendidos eléctricos y, una vez cerca de la orilla del río, aún resulta mas complicado avanzar por entre las altas hierbas de primavera que, cargadas del agua de los rociones y la mañanada, me empapan hasta mas arriba de la cintura y dificultan mi marcha. Son casi las 10.30 de la mañana cuando adivino un camino entre las altas espigas, de color verde botella,  que se cimbrean inestables, movidas por el peso del agua que cargan. Alguien ha transitado por aquí recientemente y sigue, como yo, el curso del río. Se diría que conoce bien estos ribazos y estas trochas porque parece acertar con el derrotero mas apropiado. A veces cuando trato de seguir mi propio camino descubro enseguida que se trata de una vía muerta que choca con la espesura y la maleza, mientras que si sigo el camino que se vislumbra entre las altas hierbas, parece conducirme a buen destino y las veredas se empalmas unas con otras.

De repente, veo a mi predecesor. Se ha asustado y se revuelve sobre la hierba en la que está tumbado, tratando de averiguar que pasa. Entonces lo veo bien. Es un gamo. Salta y corre como un amasijo de músculos lanzados en todas las direcciones, Tiene la cabeza erguida y nerviosa, y como paralizada por el miedo la mirada. Con cada potente zancada eleva sus posaderas blancas por encima de las praderas ribereñas y pronto desaparece en la espesura. Aún puedo contemplarlo unos segundos a mis anchas. No todos los días se tropieza uno con 150 kilos de belleza salvaje, asustadiza, a dos metros de distancia.

Sigo por mi vereda, pero allí está de nuevo su huella marcada. La senda de los animales vuelve a servirme de camino, como ya me ocurriera en las etapas nevadas.

Pronto paso junto a una granja porcina, de olor nada agradable, aunque llevadero. Luego, un estrecho regato tributa un hilillo de agua clara en el Duero, que baja marrón y revuelto, manso en su lámina superficial, pero agitado en sus corrientes internas. El río por aquí alimenta frescas arboledas y relega al alto a los encinares, dando vueltas y revueltas camino de las tierras de Tardajos de Duero y luego hacia Miranda y Rabanera. Ituero podría ser mi destino mañana, dependerá de si hoy se complica la jornada.

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He parado a comer en un roquedo de arenisca muy desgastada que se alza sobre el río, no lejos de la carretera. Yo no la he llegado a ver, pero oigo a los lejos como pasan los camiones. Es un bello altozano sobre una inmensa llanura a modo de vega que se divisa al otro lado del río. Al fondo hay encinares y lomas bajas, en las que se pueden ver algunos aerogeneradores, quizás a unos 20 kilómetros de distancia. He visto algunas setas, una amanita, a la que no he sabido poner apellido, y algunas otras especies mas leñosas y poco atrayentes. Hace sol, pero el calor no es fuerte. Ya veremos esta tarde. Sigo la marcha tras tomar unas fotos e indicaciones de las coordenadas (41º 41′ 24″ N- 2º 26′ 17″ O. El Duero corre ahora hacia el suroeste.

Hay una pequeña ermita en Tardajos de Duero junto al río, con un recogido pórtico, encalado y al socaire, que me ha permitido parapetarme del fuerte sol y descansar las piernas. Se oye a lo lejos un aeroplano; quizás alguna avioneta de poca monta y mucho ruido, que confunde su zumbido lejano con el de las moscas que sestean, como yo, en el interior de la ermita. Son cerca de las seis de la tarde y el cielo se mantiene encapotado, aunque parece que la noche será clara.

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Entra ahora el sol por la reja semicircular que protege el pórtico de la ermita, en el que hay dos poyos bien enjalbegados, ideales para reposar de una larga caminata, que habrán oído, a buen seguro, muchas cuitas de los parroquianos y parroquianas de esta vieja parte de la Vieja Castilla. Me he cruzado con dos labriegos en sus tractores, uno joven, sobre una potente máquina que peina, escarda y rotura la tierra con sus artilugios mecánicos y sus ruedas, como de avión. Pasaba como flotando sobre sus neumáticos con forma de balón y sus mullidas ballestas de nueva tecnología. Luego he visto a otro labriego, este mayor, a lomos de un viejo tractor renqueante que parece haber soportado en sus chapas muchas aguadas y nubarrones, y que ha perdido el verde brillante de su nombre, “John Deere”, en infinitas tardes de sol, inacabables, devastadoras. El futuro y el pasado de la agricultura transitan por los mismos caminos. Máquinas para molturar los terrones, ayer, hoy y mañana, para cernir el grano de la paja, para romper el barbecho en el que sume el invierno a la tierra callada.

Paro al fin a descansar tras siete horas de marcha. Escojo con cuidado un alto alejado del río, al margen de la humedad de la noche y del agua, sobre una fornida roca de arenisca que se alza por encima de las copas de los álamos de la orilla, desde las que llega una algarabía confusa de aves y pájaros que se aprestan, como yo, a pasar aquí la noche.

Senda de corzos y jabalies

Domingo 10 de enero, 11.48 horas (41º 45`52″ N, 2º 28`5″ O)

He vuelto al morro calcáreo que se yergue sobre el río Duero, a media hora andando desde Soria capital. He recuperado el pequeño canto rodado blanco que me acompaña en cada etapa y que me sirve como jalón del final de cada marcha y el comienzo de la siguiente. Ahora me encamino hacia Los Rábanos, final por hoy  y primera parada en mi marcha hacia Almazán.

En Soria me han recibido las campanas de la ermita de Nuestra Señora del Espino y me he llegado hasta aquí por trochas nevadas poco transitadas. Ya he perdido las últimas huellas y deberé caminar solo y con cuidado.

 

El día es hermoso, azul, y la nieve pone un punto de belleza invernal a estos parajes por los que fluye el Duero, ahora lento, como hibernando, bajo capas de agua helada, casi sólida, arremansada y quieta. Las garzas reales, a mi paso, han levantado el vuelo y planean río abajo.

Camino a pocos metros del río por una ladera escarpada. No hay caminos, y la nieve, blanda y blanca,  forma grandes almohadones níveos y vírgenes sobre los matorrales de argoma o de tomillo, pero también sobre las piedras. Es difícil saber que es cada cosa, o si se puede pisar entre las formaciones redondeadas de nieve. El avance se hace dificultoso y comienzo a temer una marcha cansina y desordenada.

Al cabo de media hora de zigzageos por entre los almohadones de nieve, totalmente desorientado, descubro una minúscula huella de pezuña y decido seguirla. Se repite a intervalos rítmicos, que pronto atribuyo al caminar pausado de algún animal. Se van juntando otras huellas y pronto forman todas ellas una línea recta de apenas unos centímetros de ancho, pero profundas, bien marcadas. Al rato, me fijo de nuevo en las  y veo que ahora son distintas, mas anchas y muy hundidas en los extremos puntiagudos delanteros. Comprendo que estas huellas son de otro animal: un jabalí.

!Es maravilloso!, corzos y jabalíes van marcandome el camino y puedo comprobar que su trayectoria es siempre la mas lógica y sencilla de todas las posibles, paralela al río, por entre árboles, piedras y barrancas, salvando todas las dificultades. Sonrío con ganas por mi buena suerte, por la grata compañía que me precede en la marcha y por el camino bien marcado que me proporcionan los animales.

 

Y así voy poco a poco acercándome a Los rábanos. Hacia las 14.30 horas estoy en un primoroso mirador de madera, recién acondicionado, que facilita al caminante una visión de 180 grados, suspendida sobre el curso del agua, que sigue parsimoniosa un centenar de metros mas abajo. La nieve se mantiene pese al sol y cubre completamente de blanco la ladera de enfrente, que ahora está umbria. He realizado la mayor parte del recorrido pero aún tengo una hora o algo mas hasta Los Rábanos, junto a la carretera nacional de Soria a Almazán. Prosigo el camino para que no se me eche la tarde.

El frio comienza a envolverlo todo y debo de acabar mi marcha por hoy. Afortunadamente, los tiempos han estado bien medidos. Se trataba de una etapa de una sola jornada, porque el invierno no permite las acampadas con mi tienda de campaña veraniega. He llegado a mi destino con luz de día. Los Rábanos es un pueblo grande que ha sabido cuidar las orillas del Duero, como reclamo turístico y para el disfrute de sus habitantes.

El Duero da aquí un quiebro brusco en su trayectoria y forma casi un ángulo recto cuyo vértice se adentra casi en las huertas de la localidad,  que tiene dos o tres bares animados y con parroquia echando la partida, tomando unas cervezas y llenando el suelo de cáscaras de cacahuetes e incluso alguna cabecilla, según veo mas tarde, de gambas del aperitivo de la mañana.

 

El paisaje sobre el río es de gran belleza, pero el frío comienza a ser glacial. El sol se ha ocultado al suroeste, por detrás de un macizo kárstico y de una gruta que se llama La Cueva del Burro, que se abre en un corte de la roca, entre simas y dolinas creadas por el correr del agua  y la disolución de la cal de la roca. Son el territorio del buitre y del alimoche, del aguila calzada y de la garza real, del cernícalo y el halcón peregrino, y también de patos, gansos y picapinos. El cormorán negro también sobrevuela estas aguas de vez en cuando, en busca de pequeños peces……

Tengo que dejar la escritura porque, sobre el papel, el bolígrafo apenas escribe debido al frio, los ojos casi no ven las letras y los dientes han empezado a castañear entre espasmos de la mandíbula y de las orejas. Brrrrrffffff. !Me voy!.

Entre San Polo y San Saturio

El puente de piedra en Soria sobre el río Duero marcó el final de mi anterior recorrido y ahora  preside el comienzo de una nueva etapa, la machadiana por excelencia,  la que exhibe  las ermitas de San Polo y San Saturio como valuartes de la ciudad sobre el río, testigos de piedra de cómo el otoño deposita sus colores sobre las hojas de los álamos, y las agita, bajo los rayos del sol, para que dejen su oro reflejado en las aguas.

 

 

Voy a seguir el consejo que me dieron dos jóvenes pescadores para que continuara el curso del río por la orilla derecha. Los conocí en el final de la última etapa junto al puente de piedra, Acababan de capturar algo (un barbo dijeron) al que yo calculé unos 10 gramos de peso bruto antes de impuestos. La pieza era tan escualida que difícilmente se podría determinar la especie a la que pertenecía; pero nunca olvidaré la felicidad que irradiaban los chavales tras su primera captura, la sensación de aventura que envolvía sus movimientos sobre el pretil del puente, la bendita ignorancia acerca del paso del tiempo que posee la infancia.

Hoy es 26 de setiembre de 2009 y esta será una corta etapa de encuentro con la Soria Machadiana. Me acompaña Eva. Hemos caminado un rato junto al río, por la ribera de San Juan de Duero para ver su claustro y las frondosas alamedas. La tarde es magnífica en estos últimos días de setiembre. Unas barquillas aproadas al muro del ribazo descansan tranquilas al sol.

Oímos el rumor del agua en el salto que se forma junto a un antiguo molino. En una de sus paredes desconchadas están escritas las sílabas “Mo-no” que no se comprenden hasta que se ve caído un cartel con la sílaba que falta, “li”. El agua continúa Soria abajo, plácida.

Cruzamos desde la orilla izquierda a la vertiente soriana, dejando en medio un islote de jugosos prados y crecidos álamos que ya se orean en sus hojas altas. Soria nos abraza, como abraza el rio a la ciudad con su cinturón de agua, su cincha de cristal que intensifica el verde y refresca los secarrales. El Duero se solaza aquí camino de Almazán, a donde tardará en llegar y yo con él. Pero antes pararemos en San Saturio y recordaremos al poeta.

El paseo de apenas quilómetro y medio que separa San Polo de San Saturio parece una romería de domingo a las cuatro de la tarde. El sol, todavía fuerte, pone una nota aureo luminosa sobre las amarillentas hojas  de los árboles mientras se ve allá al fondo San Saturio, colgada en la roca, en un alfeizar sobre el recodo del río.

San Polo se atraviesa rapidamente -y no se visita- por un arco de piedra abierto sobre la carretera, jalonada de viejos tocones de olmo y renuevos y brotes rastreros que delatan la red interna radicular que estos árboles comparten bajo tierra.

A medio camino entre San Polo y San Saturio se alza, maciza, una escultura pétrea que representa al “olmo viejo, herido por el rayo y en su mitad podrido”, al que “con las lluvias de abril y el sol de mayo, unas hojas verdes le han salido”. Es una escultura rotunda, sólida, que representa un arbol desgajado en dos, roto en zigzag en bloques aristados, como separados por una fuerza enorme, la del rayo, que cauteriza el duramen de la madera.

Sigue la carretera junto al río, y esto convierte nuestra caminata en un paseo despreocupado, alejado de espinos, malezas infranqueables y ciénagas traicioneras. Pasamos bajo el puente de hierro, antiguo y herrumbroso, del ferrocarril de Soria. A lo lejos, las luces del atardecer platean las aguas, en las que una suave brisa cabrillea. La sensación de aire templado, flotando por entre las trémulas hojas de los chopos, pinta un paisaje reconfortante, bálsamo para la vista y el espíritu.

San Saturio es una gruta adherida a una ermita o viceversa, una construcción sagrada que fortifica y preserva las oquedades calcareas en las que encontró recogimiento el eremita, el beato de luengas barbas que alienta ahora la devoción de los sorianos y los visitantes.

San Saturio se visita con cierto recogimiento, pero las excursiones de turistas dan a sus alrededores un aire de “pasen y vean”, de cirios y dádivas en una capilla policromada, antigua y recoleta, repleta de reliquias, hornacinas, y frescos en los que la vida del ermitaño, rodeado de calaveras y con las carnes enjutas, se sacraliza y muestra en toda su crudeza.

San Saturio es un punto de inflexión en el Duero e intuyo que, tras este oasis, el cauce agreste y la pelada roqueda volverán a ser toda mi compañía.

-Adios a Soria-

Es algo mas de mediodía. El día está bonito, pero fresco. Reanudamos la marcha a los pies de San Saturio aunque en la margen opuesta, por un camino asfaltado, un paseo ecológico que aún continuará durante cerca de medio kilómetro. Despues, la ciudad y sus habitantes irán poco a poco dando la espalda al río, no por cansancio o por indiferencia, sino para dejarle que fluya en su marcha hacia el mar, como se les da la despedida a los seres queridos y, tras el abrazo efusivo, cada uno vuelve a sus quehaceres.

El Duero ha madurado, le queda mucho para ser el río adulto que llegará a ser cuando atraviese la planicie castellana, pero en Soria, pese a la encajonadura, ha tomado anchuras, se ha solazado de aires y atardeceres y ha forjado un poco mas su personalidad como gran rió, como la cicatriz cristalina que recorre en dos, de lado a lado, España.

Nada mas dejar los vigías que constituyen en Soria San Polo y San Saturio, el río Duero describe una perfecta curva de herradura sobre la que flotan ingrávidos los buitres de enormes alas. Lanzados en picado desde los cortados, con las alas desplegadas, producen un ruido asombroso, que puede resultar atemorizador si es inesperado. Esto creo que no lo estoy expresando muy bien. Quiero decir que, pese a lo lejos que están,  la corriente de aire trae hasta mi el ruido de su vuelo con gran claridad, como si las aves, de cerca de tres metros de envergadura, hubieran cruzado rozándome la cabeza. Pero en realidad, flotan decenas de metros mas arriba.

Pega fuerte el sol sobre este cortado del río en el que estamos Eva y yo sentados reposando la comida: bocata de jamón de Teruel con tomate, ciruelas y unas uvas.

He dejado mi piedra testigo del viaje en un morro calcareo que se yergue sobre el río, vigilando los dos extremos de la herradura de agua. Es una atalaya utilizada por los buitres y otros animales, a juzgar por los excrementos blanquecinos que pintan las piedras.

Arriba, frente a nosotros, al otro lado de la herradura que forma el río, sobre una lengua de tierra cubierta de encinas, se elevan rojas y blancas las antenas de televisión y telefonía de Soria, cuyas naves industriales, cuadrangulares y blancas, se observan lejos, desdibujadas.

Para llegar hasta estos acantilados rocosos hemos tenido que atravesar un pequeño riachuelo jalonado de choperas. Al final del hilillo de agua estancada y cenagosa, un puentecillo de madera franquea el paso. Al lado se alzan cuatro enormes basamentos de piedra de sillería con arcadas de ladrillo. Me habían parecido antiguas construcciones militares, pero su utilidad parece haber sido la de dar soporte a un gran puente o un conducto de vía ferrea. Preguntamos a un matrimonio sentado en su coche, pero no saben nada.

Aquí dejamos el recorrido, superada ya la ciudad de Soria, y aquí volveré para dirigirme hacia Almazán, aún muy distante,  que me aguarda.