Por el Puente de Aranda

 

(Esta entrada ha sido añadida en una fecha muy posterior a su realización, en junio de 2016, debido a un error en el blog, que debe de tener en el limbo de los justos mi anterior intento por contar la llegada a Aranda)

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Café con leche para mi y café cortado para Jaime. Son las diez de la mañana. “¿Un  poco tarde, no?,  apunta el dueño del bar en el que tomamos un café antes de la caminata por el Duero, que hoy nos llevará desde Vadocondes a Aranda.

Ha llamado a un taxi para nosotros y, mientras esperamos, nos enzarzamos en una tranquila discusión sobre si será mejor la orilla izquierda o la derecha para llegarnos hasta Aranda y sobre si el polígono industrial estará en uno u otro lado del río. Mas que nada para evitarlo. “!Está a la izquierda!”, sostiene Jaime. “!Está a la derecha!”, indica él camarero mientras sigue poniendo cafés a otros parroquianos. “Nada”, me digo yo, es la diferencia de como tiene cada uno el mapa en su cabeza, que depende de donde vive cada cual, de si mira al norte o al sur con su brújula interior o incluso de si duerme en su habitación orientado hacia la calle, con los pies de la cama contra la pared o el cabecera mirando hacia el norte o hacia La Meca.

He dejado para hoy una etapa corta, tras de la que realice desde Langa de Duero a Vadocondes, y tiene premio, porque a mediodía, cuando lleguemos a Aranda, nos aguarda un cordero asado en Casa Florencio, orgullo de propios y envidia de extraños. Espero.

La taxista, que mide el mundo y las distancias un poco a partir de lo que ella tarda en cubrir la distancia de un pueblo a otro, nos deja en el puente de piedra de Vadocondes. Le pago los 14 euros que me pide por la carrera, que ha hecho a velocidad por debajo del radar, o sea en modo seguridad y sin prisas, y cruzamos para tomar la orilla norte o noreste del río Duero, que ha descrito un amplio círculo sobre este pequeño pueblo dotado de una gran iglesia, ermita y buenas calles arregladas.

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Enseguida pasamos bajo el puente de hierro del ferrocarril y tomamos una senda franca que discurre en paralelo a unos 50 metros del cauce, algo alta, porque el río busca una encajonada que ya no abandonará hasta que lleguemos a la altura de Fresnillo, a unas buenas dos horas de marcha.

La vegetación aquí es intrincada. Los álamos se alzan gigantescos sobre las orillas y a su sombra prosperan hierbas de porte considerable, zarzas que no se darían mejor si fueran cultivadas y un sin fin de matojos irreconocibles, trepadoras, lianas y enredaderas, que juntas tejen una verdadera ‘muralla’ de maleza infranqueable a lo largo del cauce del río y que, apenas, nos deja ver las aguas lentas y verdosas del Duero.

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Las tierras, plantadas de remolacha, trigo y maíz, dan paso, cerca ya de Fresnillo, a una tierra alargada y enorme de cebada en la que entablamos una buena conversación con el labriego que se mueve despacio por el mar ondulante de las espigas . Lleva altas botas de goma, con un remate en cazoleta para cubrir las rodillas, como si del Capitán Alatriste de los Sembrados se tratara. Hombre amable, deja los medios del cebadal y se aproxima para responder a nuestras voces amistosas. Nos muestra las espigas y el daño que les hace una oruguilla, que tiene el capricho de chuperretear un grano de cada tres o cuatro de la espiga. La muy golosa deja esos granos, creo que los mejores y de germen mas prometedor, en blanco. Y cuando llega a mediados de julio la cosechadora no encontrará ahí nada que recoger.

 

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“Son un 30 por ciento de los gramos” los afectados, me explica. “Todo esto se llama La Enebrada o La Colonia”. La enebrada por los enebros y la colonia porque las parcelas de cebada en las que está dividido el campo, pertenecen cada una a un colono y eso se lo deben al arandino Diego Arias de Miranda, que fue ministro de Canalejas y  que trajo de América un peculiar proyecto de reforma agraria y de experimentación agrícola. Todo esto explicado por el dueño de la cebada y contrastado en internet, aunque sin entrar en la profusión de datos históricos que siempre acompañan a estas ‘gestas’. Era dar a cada colono una parcela de cultivo, con su casa de aperos, sus sistemas e riego y su explotación ordenada.

Y después de esta conversación, nos vamos Jaime y yo a comer el bocata.

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Son las 15,30 y oímos un tamboril y una dulzaina. Estamos en Casa Florencio, en Aranda de Duero, donde ya nos han puesto un vinito de Roa, que Jaime encuentra algo tibio, y que se llama López Cristobal, con un bouquet floral de entrada que anima al mas pintado.

Un poco aseados y con ropa limpia que teníamos en el coche, en Aranda, hemos atravesado el puente principal que cruza el Duero para dar acceso a la villa (villa y ciudad) que es la tercera en población de Castilla y León, aparte de las capitales, punto neurálgico de la Ribera del Duero, cabeza de partido y eje de las comunicaciones con el norte de España.

Enseguida, tras llamarnos la atención por su nombre el restaurante Somaten, llegamos a la calle Isilla, peatonal y la mas postinera de Aranda, donde tomar unos vinos a mediodía, sábados, domingos y fiestas de guardar, se convierte en la mejor forma de saber lo que pasa por el mundo,  ósea ver y que te vean.

El camino a Aranda desde Fresnillo ha sido mas breve que el primer tramo del recorrido de hoy y ha contenido alguna sorpresa que nos ha frenado el paso, como los dos o tres aguáchales que nos hemos visto obligados a rodear, uno en un trigal bien maduro y otro en una alfalfa recién cortada.

Pero también ha habido tramos deliciosos, como este campo de amapolas en plenitud bajo el sol.

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Poco a poco hemos empezado a ver viñedos mas o menos extensos, sobre todo en la orilla derecha del río. Planteles bien alineados con las vides colocadas en espaldar, para ofrecerle al sol los racimos y facilitar las labores de la poda, la fumigación cuando es necesaria, el riego individualizado de cada cepa, si lo necesite. Y en algunos casos, los ¨lineos¨ o “linios” se meten hasta el límite del veril, casi ya en el río.

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Qué espectáculo, los pámpanos de la vid y los zarcillos que lanzan las cepas para aferrarse a cualquier cosa que permita a esta planta trepadora colocar a sus racimos de uvas en una posición aireada, soleada, que haga madurar al grano y generar los azúcares que luego serán alcohol. Cuanto debemos los aficionados al vino a la genética de las plantas. Jeje.

Cerca ya de Aranda, el Duero se remansa nada mas pasar los almacenes de unas empresas de transporte y una factoría de áridos que no parece estar ya en funcionamiento. Tras algunos compases de confusión sobre la dirección del rió, nos colocamos al fin sobre el puente de Aranda y le cantamos lo del “tió juanillo”, que se tiró, se tiró, pero no se mató. Y entramos “triunfantes”, con la euforia del caminante que llega a su destino.

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Jaime está entusiasmado con el reportaje gráfico que está haciendo del menú gastronómico que nos sirven en Casa Florencio. Es el menú de las XVI Jornadas Gastronómicas del Lechazo Asado de Aranda de Duero, que abarcan del 1 al 30 de junio y no hemos querido perdernos (si pones en el blog Casa Florencio, nos hacen el 30 por ciento de descuento, me dice Jaime, con su habitual sorna).

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Además del cuarto de cordero, muy rico, como siempre por estas tierras, nos han traído una especie de mus de lentejas pardinas, con polvo (sic) de lechazo y mermelada de pimiento asado, junto con teja de morcilla , entre otros entrantes, para acompañar a la ensalada tradicional, el pan  de torta de Aranda, y el cordero de raza churra, que constituye el emblema de estas tierras.

Y con esta magnifica comida, ponemos final a una jornada nada agotadora en la que hemos llegado hasta Aranda y que nos ha dejado en magnificas condiciones para seguir  acompañando al río Duero en su búsqueda sin prisas de la mar que, como decía Manrique, es el  morir.

 

 

 

 

 

El Duero abandona Soria

Langa de Duero no se ha desperezado todavía en esta mañana gris y algo fría del mes de mayo y solo los pájaros chisporrotean sus requiebros y llamadas desde los álamos de la vereda del río y entre las viejas casillas de adobe, vigiladas atentamente por el torreón.

Casas de adobe en Langa

Es fresco y húmedo este sábado 14 de mayo de 2016 en que regreso al Duero para, desde Langa, dejar atrás Soria y penetrar con el Duero en las tierras de Burgos, tierras rojizas, ródenas, de cascajos que mantienen bajo el suelo el calor, tierras buenas para el cereal,  para el vino y la remolacha.

Lloverá, casi seguro, y por eso me he protegido las perneras de los pantalones con unas polainas, porque las hierbas altas y los trigos de mayo junto a la ribera empapan la ropa a los pocos minutos de echarse uno a caminar.

Atravieso las vías de un tren que ya no pasa por estos pueblos, aunque ha olvidado sus railes y clavos de hierro oxidandose entre la maleza, y me encamino hacia el río. Son poco mas de las nueve de la mañana.

Las rodadas de los tractores que trabajan en las alamedas han dejado un camino marcado a pocos metros de la orilla del río, que baja presuroso y algo turbio en sus últimas bordadas por tierras sorianas. A dos horas de buena marcha, Zuzones me recibe con las 11 campanadas de su iglesia discreta, de la que desde el río apenas alcanza a verse su campanario, entre tejados y casas.

Aquí el río forma una amplia hoz a la que se asoma el pueblo con un grupo de casas semicolgadas, alzadas sobre las vías muertas del tren y sobre las copas de los álamos, los sempiternos acompañantes del río.

La gran cantidad de variedades de plantones que se emplean para el cultivo del chopo hace que puedan verse decenas de variantes de la misma especie (populus). Álamos canadiensis, lombardos, chopos negros y blancos, péndula y trémula, una sinfonía de variedades, algunas de las cuales llegan a naturalizarse y a dar ejemplares longevos de gran porte y varios metros de circunferencia.

Aunque para mi, el rey del río es el sauce.

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Este magnifico ejemplar de sauce, aunque ya caduco, ha visto durante mas de 200 años el fluir del río y habrá proporcionado toneladas y toneladas de hojas como sustrato para suelo, y como alimento a los corzos, reposo y sombra a los pájaros e infinidad de insectos  y quizás también a caminantes como yo de otras épocas.

También el suelo es una alfombra de colores, de los que el verde se conjuga en todos sus matices,  y varía según caiga la luz sobre los brotes tiernos y las yemas, o sobre la marea de tallos que cimbrea el viento o sobre las hojas mecidas por el aire en los trigos, las avenas o las cebadas.

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(Cultivos de colza ya en tierras de Burgos)

En el suelo sin cultivar, además de la hierba fresca y tupida, crecen los tomillos, la sardinilla, los musgos, y un sin fin de plantitas que apenas conozco y que en mayo lanzan al aire sus flores y coloridos igual que las jóvenes visten al llegar a la pubertad sus mejores galas.

Apenas me detengo unos momentos para escribir estas lineas. El cielo no suelta su capota de nubes, pero tampoco las descarga.

Voy hacia La Vid, ya bien entrado en Burgos, y paso junto al Monasterio de Santa María, que arranca en el siglo XII, aunque la iglesia y el claustro son ya del siglo XVI. Esta primorosamente restaurado, tanto en sus muros y blasones de piedra, como en los jardines que le rodean . El monasterio dispone de hospedaje, aunque yo he decidido no quedarme aquí a dormir, porque deseo avanzar mas en mi camino a Aranda y mis destino será Vadocondes, a una jornada breve ya de Aranda.

Para entrar en La Vid he cruzado el puente de piedra, ya que yo avanzo por la ladera norte del río en esta etapa, una caprichosa decisión, sur o norte, que tomo en cada jornada no se muy bien porqué, aunque percibo en mi siempre una natural tendencia a mirar hacia el norte a orientarme y a buscar referencias en ese punto cardinal.

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Poco mas adelante del puente, río abajo tras visitar La Vid, las crecidas han arrastrado troncos y ramajes, que se arremolinan y acaban formando isletas en medio del río, algunas llegan a estabilizarse y dividen en dos el cauce y llegan a formar mesetas de terreno fértil, debido al cieno y el légamo que arrastran en disolución las aguas.

Como no solo de camino vive el caminante, me he arrimado un vino de la tierra y un pincho de tortilla en un bar junto al monasterio, el Lagar de Isilla, sucursal supongo del afamado local de la calle Isilla de Aranda que, ese si, tiene bajo su suelo una bodega cuya antigüedad se cuenta por centenas. Este de La Vid es mas bien un local moderno pensado para turistas amantes de iglesias y catedrales, que ponen cara de intelectuales cuando acercan el vaso de vino a la boca y abren los ojos como platos cuando el camarero, con un inglés bastante pasable, les ofrece un torrezno.

En los primeros pasos nada mas cruzar el puente para retomar el camino tropiezo con una rama y, sin llegar a caer, compruebo que el vinillo ha hecho su efecto. Pero enseguida reencuentro la vereda, fina como un surco, que dejan los corzos, siempre recta y siempre cerca de la orilla, porque buscan los accesos para beber. A menudo agradezco la ayuda de gamos, corzos y ciervos. Ellos me marcan el mejor camino posible y yo puedo soltar mi cabeza para que los recuerdos y las ensoñaciones se vayan a donde quieran.

El camino sigue limpio y claro hacia Guma, por entre arboledas recién aradas. Busco con la mirada bonetes (Helvella sp.) la seta con forma de casquete antiguo de cura que tanto gusta en mi familia, pero apenas veo dos o tres ejemplares ya marchitos y dos m as frescos, que fotografío y a los que perdono la cazuela.

Guma está a poco mas de tres cuartos de hora de La Vid, por la orilla izquierda del Duero. Son cuatro calles y cuatro casas con una iglesia renacentista que destaca contra el ribazo del río Duero, al que enseguida se une por su derecha el Canal de Aranda, una obra hidráulica para llevar el regadío a zonas lejanas.

De pronto aparece un bosquete de enebros bien cuidado y limpio, pero alambrado. Lástima que el cuidado de los parajes naturales esté siempre mas garantizado con la iniciativa privada. Pero mejor dejo este tema aparte que ya se me ha quedado el cuerpo bastante dolorido y triste el espíritu con el incendio del cementerio de neumáticos de Seseña, en Toledo.

Vuelvo a mi caminata y penetro en una zona de álamos cortados para madera, a una media hora de Vadocondes, mi destino final hoy. Este paisaje desgasta las pocas fuerzas que me quedaban. Los resbalones, las caídas, la confusión visual de astillas, troncos desgajados y ramas rotas, junto a la obligación de mirar al suelo, donde solo veo rodadas de tractores y excavadoras que han aplastado el barro contra la broza, me dejan exhausto.

“Dicen que mucho humo, mucho humo, y yo no vi nada. Vamos que yo anoche no vi nada y pasé por allí”, comenta sobre el incendio de neumáticos un parroquiano en el bar Cordobés de Vadocondes, donde escribo estas notas, ya a buen descanso.

Vadocondes tiene un puente señorial sobre el Duero, varias ermitas y una iglesia muy bien plantada, junto al rollo, una columna de arenisca, con tramos de diferentes estilos, rematada por un capitel corintio con cuatro cabezas y una espadaña que ondea al viento una bandera metálica.

Otro parroquiano  que mira al televisor le interrumpe: “!Ya le han jodido al Barcelona!”.

Yo también dejo aquí mis reflexiones, con un recuerdo a mi gran maestro Camilo José Cela, de cuyo nacimiento se cumplen hoy cien años. De él aprendí un cierto modo, entre curioso, jovial y socarrón, de mirar el paisaje. !Ojala hubiera aprendido mas sobre su modo de escribir!. !Salud maestro!.

 

 

 

 

 

El Duero se aletarga

Llego a San Esteban de Gormaz en autocar desde Madrid, con transbordo en el frio Santo Tomé del Puerto, una vez pasado el alto de Somosierra, el pliegue acantilado que frena a la planicie castellana. La mañana esta fresca y azota con su ramalazo otoñal el rostro de los pasajeros que aguardan el cambio de autobus.

Me arrellano de nuevo en el asiento y enseguida diviso en la distancia la hilera de chopos del Duero que, desde la soriana San Esteban, marcan el camino hacia Langa de Duero, para penetrar enseguida en tierras de Burgos. Ese es hoy mi destino.

Vuelan nerviosos los pájaros en bandadas, mientras el aguilucho vigila acurrucado en un poste los campos dormidos de Soria, en los que la tierra, y también el río, poco a poco,  se aletargan.

Una garza gris, esbelta y desconfiada, me mira desde el cantil por el que el Duero se precipita tras el puente viejo de San Esteban para abrirse en ramales y ser conducido hacia molinos, represas, y otros ingenios con los que el hombre extrae la fuerza que llevan dentro las aguas.

Salgo de San Esteban de Gormaz hacia el rio por la Puerta de la Villa o de la Aduana Vieja, una noble arcada del siglo XVI que franquea la entrada hacia las casas mas antiguas , con soportales de recias vigas de madera y piedras blasonadas.

Puerta de la Villa de San Esteban

Hay roción de la mañana en las ramas que tropiezo nada mas comenzar la marcha y enseguida compruebo que el agua me empapa. Hago mi buena hora y media de marcha, caminando por una senda cómoda que discurre junto al río.

El Duero, algo turbio por las lluvias de anoche, marcha silencioso y apacible hacia el Sotillo de San Esteban. Y yo con él, contento de acompañarlo, feliz porque la vida me sonríe, o eso creo yo, pese a que falte lo mas importante. (Love is a losing game).

Hay ejemplares de álamo espectaculares, de troncos añosos y corteza agrietada, y también sauces sobresalientes, a los que la humedad hace brotar de su piel cuarteada pólipos blanquecinos, que a lo mejor son comestibles, pero solo apetecen para la vista.

Otra garza se lanza majestuosa río abajo, asustada por mis pisadas. Bandadas de patos rompen la quietud de las orillas con su vuelo agitado y se avisan entre si de mi presencia con “cuacs” que retumban por las alamedas que ya empiezan a amarillear.

 

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Mientras escribo estas letras, otra garza recorre con pasos medidos y mirada vigilante los límites de un terreno baldío, que a buen seguro no será baldío para ella. A lo lejos, hacia el noroeste, diviso el pueblo de Velilla , casi a medio camino entre  San Esteban y Langa de Duero, a donde espero llegar bien entrada la tarde.

Velilla es un bonito pueblo, colgado en un altozano, con su iglesia a la izquierda mirando desde el río, y un precioso palomar que parecería aspirar a ser considerado torreón. Hay un par de canteras de piedra caliza, blanquecinas y polvorientas, cuya contemplación  en cambio no favorece a la belleza del paisaje, porque su explotación ha dejado descarnadas las lomas de estratos rojos y blancos de las que se alimentan.

El bocata de tortilla de chorizo, empujado por una heineken, me ha dejado el cuerpo “patena”, que dicen por estas tierras cuando quieren  sentenciar que algo está “cojonudo”, vamos.

Aún tengo tiempo de recoger unas setas de cardo, feas en el color que adquieren por estas tierras, pero muy sanas y sin gusanos. Que, si nada lo remedia esta noche, harán las delicias de un huevo frito o de un revuelto.

 

 

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El día todavía se sostiene sin lluvia, pero veo a lo lejos los nubarrones, que probablemente me pillarán.

Pero no, no me han pillado. He acabado la etapa y ahora mismo estoy delante de una jarra de cerveza con gaseosa y me estoy “arrimando” un torrezno “dietético” entre pecho y espalda. Estoy en Aranda de Duero, en Burgos, gracias a la generosidad de dos mozos, Ruben y su sonriente compañero, que me han recogido a las afueras de Langa de Duero mientras hacia autoestop.

!!Pues ha tenido suerte -me dice Ruben ya en el coche- porque ahora ya no para nadie”.

!!”No creas -le respondo- sois las primeras personas a las que he hecho dedo y habéis parado”!!.

Es lo que tiene el ser humano, pienso. Que no te lo acabas.

A veces somos lo mas ruin sobre la Tierra y nos negamos el pan y la sal los unos a los otros, y otras todo lo contrario. Capaces de poner la zancadilla a un emigrante que huye de la policía o bien superar nuestros miedos y abrir nuestras casas a los extraños, o nuestros coches a un desconocido, en este caso, yo.

La jornada ha acabado con bien. Estoy molido, pero contento. Noto la falta de entrenamiento y me duelen las plantas de los pies. A cambio, la rodilla se ha portado.

 

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Serían las dos de la tarde cuando he parado a comer en una alameda recién talada, bañada por el sol. El cansancio es evidente. He tenido que desandar en un par de ocasiones el camino porque una gran regadera, perpendicular al curso del río,  y las espadañas que allí crecen me han cerrado el paso. Desandar 200 metros para salvar un obstáculo, a través de un terreno fangoso, accidentado, repleto de ramas que te rasgan la piel, es como pelearte contra todas las inclemencias y las adversidades. Al final he acabado metiendo las botas en cieno y fango hasta por encima de los tobillos. Cuando en un recodo artificial del río una alambrada me ha cerrado el paso, no he podido mas.

Imagino que se trata de alguna instalación de la confederación hidrográfica. No lo sé. Pero cerraba completamente el paso franco por el río, en una desviación que al menos debería haber incorporado una pasarela. Claro, “¿A quien le importa que alguien quiera seguir el curso del río”?.

Ahí he decidido colgar las botas y me he lanzado a la carretera. A dar por finalizada mi etapa. Llamar a un taxi e ir hasta Aranda para volver a Madrid en bus lo antes posible. Y en una nacional tan concurrida como la N-122 (!!había mucha visibilidad, se lo juro señor agente!!) me he puesto a hacer dedo y ha parado el primer coche. Y me han llevado hasta Aranda, a unos 30 kilómetros.  Lo demás ya está contado.

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Aranda ha sido una bendición. Por lo bien que me han tratado Ruben y su compañero al recogerme en la carretera , por la amabilidad de la camarera del bar de la plaza, en el que me he tomado un vino y un torreznillo que han estado muy a la altura de las circunstancias. Y por  el remate final que ha puesto un parroquiano del bar, Pedro Simón, que se ha empeñado amablemente en mostrarme “su bodega”, la de la Peña del Jarro, bajo la Casa de Cultura de Aranda, que data del siglo XV, (la bodega, no la casa de cultura, claro), que me ha dejado impresionado, por la calidad de sus arcadas y de sus piedras y también por la calidad personal de mi anfitrión, que ha dedicado su tiempo y su amabilidad a un desconocido. Todo un embajador de Aranda para este humilde caminante.

 

 

 

 

Donde el Cid cruza el Duero

El Cid cruzó el Duero por Navapalos (Soria) mil años atrás, camino a tierra de moros, atravesando toda Castilla, hacia el destierro.

También nosotros cruzamos el puente de Navapalos para incorporarnos a la orilla derecha del río, a apenas 300 metros de donde lo hicieran Mío Cid y sus mesnadas.  Son las 10,08 horas del sábado 1 de octubre de 2014, día de Todos los Santos.

 

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(El vado por el que cruzó el Duero el Cid  camino del destierro)

Vuelvo a utilizar el plural porque, como en la última etapa, me acompaña Jaime, mi amigo y compañero de trabajo, que tiene sus razones para hacer este mismo recorrido. Está cerrando una página y lo hace en las mejores condiciones, fuerte y con la ilusión de volver al río de su niñez, a sus juegos infantiles en la presa de Ines y en los campos cercanos a La Rasa.

Yo también vuelvo al río después de un largo paréntesis. Todo parece igual, la mañana clara, el otoño avanzado en las hojas de los álamos, el tono rojizo en los ribazos de la tierra castellana. Pero ha pasado mas de un año.

Cae el agua como una cortina blanca sobre la presa de Ines, a una hora andando de Navapalos, y cerca ya de Pedraja de San Esteban.

El río se ancha a tramos y se estrecha en otros por esta tierra de encinas y de cereales, siguiendo el mandato de las represas, que lo ralentizan primero y después lo aceleran, en un continuo ejercicio de doma.

Es un otoño casi primaveral, delicioso y tibio y los corzos triscan sin temor entre los sembrados y la garza real otea las agua someras desde un murete, encaramada sobre una sola pata y con el cuello escondido entre una almohada de plumas, de color perla acerado.

Antes de la represa, la lamina de agua se mueve con lentitud en la superficie y arrastra en formación ordenada cientos de hojas lanceoladas, espumarajos y pelusas de las espadañas. Todo avanza inexorablemente hacia el abismo de la rompiente, hacia el torbellino de las rampas, donde el agua primero cristaliza a su paso los musgos y los verdines y luego se agita y se blanquea y deja un faldón de puntilla calada.

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(Fluye el Duero manso hacia las represas)

Va el Duero monótono y ensimismado entre los juncos y las alamedas tapizadas de hojarasca. Las espadañas y los juncales alcanzan alturas de varios metros acolchando las orillas. A veces penetran tierra adentro para escoltar a los humildes cursos de agua que tributan al Duero,  riachuelos escuchimizados que, sin embargo, suponen un paraíso para las ranas y las libélulas.

Hemos dejado atrás hectáreas y hectáreas de manzanos, en una plantación que vemos aumentar cada año en el escudo de terreno que baja desde La Rasa, a unos cuatro kilómetros,  a lo largo y ancho de la curva que forma el río en Navapalos.

No se oyen ya trenes en La Rasa, la estación ferroviaria de Osma, pero los railes siguen allí oxidandose entre matojos. Aún quedan en  pie algunos semáforos y cambios de aguja, que miran al infinito desorientados, buscando una locomotora a la que ser útiles. Jaime me señala la casilla que perteneció a Marcelino Camacho, el dirigente de CC.OO que quiso comprar la pequeña casita en la que su padre había sido guardaagujas y pasar allí largas temporadas hasta casi su muerte, junto al paso a nivel de su infancia, mientras su mujer le tejía aquellos jerseys de cuello alto que fueron todo un símbolo de la lucha proletaria.

Hemos visto por el camino, frecuentemente, una seta muy peculiar: la barbuda (Coprinus comatus), aunque no parece estar por aquí muy buscada, Los ejemplares jóvenes y sin abrir del todo son un manjar, no así los adultos que enseguida tiñen de negro los faldones por la pudrición de las láminas y destilan una especie de tinta muy poco agradable. Pero es una buena seta. Voy a subir una foto de un ejemplar adulto para que pueda reconocerse.

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Hemos visto también alguna seta de cardo, pero esas son mas buscadas y apenas hemos encontrado dos o tres ejemplares algo secos.

Ya es por la tarde. Jaime sestea descalzo en un banco de San Esteban de Gormaz. Son las cuatro y media. La jornada ha sido magnífica, ni dura ni larga y ha dejado una tarde apacible y cálida, quizás de las últimas que queden este año.

Antes de llegar aquí hemos hecho una parada para comer en Pedraja de San Esteban y hemos tributado a Chusma de la Torre, compañero periodista natural de este pueblo, el homenaje que aplazamos en el anterior recorrido. Hemos brindado por él con una botellita de medio litro de reserva de la Rioja. Y lo hemos hecho en vasos de cristal, aunque sea delicado transportarlos, porque “no es lo mismo”, “es distinto” que dice Alejandro Sanz.

En Pedraja nos hemos cruzado con dos lugareños que no solo conocían a Chusma sino que uno de ellos es su tio. El hombre se ha puesto supercontento con la casualidad y de paso nos ha contado buena parte de su vida. Las personas mayores solamente necesitan un interlocutor y, si no es del pueblo, pues ya es todo un acontecimiento la charla.

Bueno, pues el otro paisano no era tío de Chusma, pero conocía a toda la familia de Jaime, con nombres y apellidos. Menuda memoria, pero, lo que son las cosas, media hora después, cuando arrancábamos a andar nada mas comer sobre unos troncos, le hemos vuelto a ver y no nos ha reconocido. Me ha impresionado este hecho: una memoria prodigiosa para los recuerdos antiguos y tan frágil con los recientes como para no recordar las caras de dos personas con las que acababa de hablar durante un buen rato.

Pedraja es un pueblo bien cuidado, con sus casas de adobes bien pulidos y sus bodegas excavadas en las laderas de un altozano, y tiene perros ladradores y un rebaño que sube y baja por los cerrillos mientras el perro guardián va atrás y adelante mirando de vez en cuando hacia el pastor, a ver que órdenes le da, pero el pastor va pensando en sus cosas.

Atrravesando el pueblo, nuestro acompañante ha cruzado unas palabras con unos ancianos a los que ha preguntado si habían comido. La mujer ha respondido que no, apoyada con dificultad contra el muro de la casa. A su lado, un hombre, posiblemente su marido, respiraba con dificultad a través de unas gomas el oxígeno de una bombona, colgada en la silla de ruedas.

Pueblo viejos y personas viejas. Nostalgia de la juventud, el adobe se deshace y vuelve al barro y las personas a la tierra.

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El camino desde Pedraja a San Esteban es una alfombra de hojas bajo los álamos amarillos, cada vez mas pelados en sus copas. El sol se filtra por entre las ramas de los árboles y pone un brillo grato sobre la fría lámina del agua, que fluye mansa cuenca abajo, arrastrando algas filamentosas, verdes y amarillas, que zigzaguean mecidas por la corriente.

Conversamos Jaime y yo de nuestras cosas, de los chascarrillos del trabajo, mientras aguardamos a Goyito, que viene a buscarnos desde Burgo de Osma. Ahora iremos a tomarnos una caña, o quizás dos, y aquí paz y allá gloria, en este día de Todos los Santos en el que hemos brindado por los amigos muertos y por todos los ahogados en el Duero; los que perecieron sin quererlo y los que decidieron poner fin a su vida en estas aguas, que todo hombre tiene derecho a morir con la dignidad que él decida. Y acabamos nuestro recorrido en San Esteban de Gormaz a las 16.33, hora del Duero.

Gormaz el vigilante

El arco de herradura del castillo de Gormaz enmarca entre sus curvas una vista deliciosa del Duero a esta hora de la mañana. Piedras milenarias para una fortaleza que se asienta sobre el cerro, desgastado cada vez mas y mas en su base por  el fluir tranquilo y viejo del agua.

Gormaz

Atravesamos el arco a las nueve y media de esta mañana clara de julio que promete ser calurosa, aunque todavia esta fresca. Digo atravesamos porque me acompaña en esta etapa por tierras todavia sorianas mi compañero y amigo Jaime, que tiene en estos lares sus recuerdos de infancia, las aventuras de los años mozos y el amor por el lugar de los antepasados. Me va dando detalles del castillo , de la ermita de San Miguel, que pronto dejamos atrás cuesta abajo desde el castillo, lanzados en busca del puente que cruza el Duero para situarnos en la orilla izquierda y emprender la marcha.
Atrás, a  lo lejos, queda el lugar en el que tuve la mala caída que me obligo a interrumpir la marcha que traía en diciembre desde Andaluz. Ya es otro día y otro tiempo para este proyecto mío de acompañar al río desde donde nace, en Urbión, hasta su desembocadura en Oporto, siempre a su vera.

Hora y media o casi dos andando desde el puente de Gormaz nos ponen al otro lado de la granja Bubones.

Esta primera parte es muy gratificante. Estamos siguiendo la orilla del río entre juncales frescos y trigos altos. El sol poco a poco va ganando altura aunque todavia esta a nuestras espaldas. Todo es placentero esta mañana, como la compañía hasta el cerro de Nica, el amigo de Jaime que nos ha traido desde el Burgo de Osma y hace un momento nos daba explicaciones sobre los recovecos que vamos a encontrar y la senda que sabe que acompaña al Duero en su marcha por este tramo. Hablamos de nuestra comun Canarias hasta que nos despide bajo el arco califal y nos desea suerte en la marcha.

Al Duero desde Gormaz
La parada que hacemos Jaime y yo después para reponer fuerzas sobre la presa que se situa a la altura de Bubones nos permite percatarnos bien de la curvatura que forma el rio sobre el bastion de Gormaz y de la belleza del tramo que ya hemos andado, en el que los fresnos, las sabinas y los alamos se mecen cadenciosos sobre las orillas del Duero, cubiertas en esta época de hierbas y juncos, de espadañas y de esparragueras. Las lluvias de este año han reverdecido las riberas del Duero, pero las bendiciones en el suelo se extienden también a los campos.

A dos metros escasos de la orilla del rio, como si se tratara de un extenso mar verde, el aire que viene desde las arboledas mece en los trigales las crestas cenicientas de las espigas, que se dejan peinar por el viento suave de mediodía.

Cantan a esta hora las aves, sin que yo sepa identificarlas; frotan las cigarras sus elitros con un estruendo fragoroso y horrísono que parece descender directamente desde el sol. !Quien diría que se trata de una llamada de amor entre los insectos!. El rio ofrece una vez mas en sus orillas esta mañana el espectaculo impagable de la vida.Gormaz desde Bubones

Tras el plácido descanso, el rio se abre camino hasta un pronunciado cañón que le obliga a encajonarse. Pronto reparo en que el que obliga al cañón es el rio, que sabe desgastar la piedra por recia que sea hasta que ésta le franquea el paso.

Vamos Jaime y yo conversando cuando, de repente, retumba el suelo. Es algo inesperado. Se oye un tronzar de ramas y entonces vemos, a 20 o 30 metros, a la bestia. Es un enorme jabalí hembra, de unos 80 o 90 kilos, que gruñe a su cría, a la que no vemos, para que le siga. Tenemos un momento de incertidumbre y de temor porque sabemos que cruzarse entre un jabalí y su cría es mala cosa. Al fin aparece el jabato rezagado y la madre sigue gruñendo desde la espesura, como regañando al pequeño por exponerse ante los extraños. Les damos tiempo para que se alejen y se van bosquete de encinas arriba con nuestra bendición y el contento por haber presenciado un capítulo infrecuente de la vida en su estado mas salvaje.

Buitres, corzos y jabalies

Los jabalíes no se han dejado fotografiar porque ha sido visto y no visto, pero este grupo de buitres ha sobrevolado nuestras cabezas a los largo del pequeño cañón que ha abierto el río en su ascenso en sentido norte hacia la granja El Encinar, otro enclave que recogen los mapas por estas tierras despobladas alrededor de la fortaleza de Gormaz, que data creo del siglo IX.

Pronto se acaban las concesiones del frescor del rio y de la mañana. Las tierras que acompañan al Duero en su fluir por esta parte de Soria se hacen agrestes y entre los roquedales solo prosperan los fuertes: las sabinas y las encinas, los cardos azulados y los hinojos salvajes. Por entre las piedras solo clarea una fina linea de tierra como si fuera un camino parar hormigas. Lo forma con sus pezuñas el paso de los corzos y me gusta seguirlo, porque se que no abandonará nunca la orilla del  río, pero sube caprichosamente y baja de modo abrupto en cuanto hay un lugar apropiado para un abrevadero entre los juncos. Al corzo le traen al pairo las pendientes de 45 grados porque pliega sus patas sin aparente esfuerzo, pero Jaime y yo resoplamos en cada subida bajo un sol que empieza a ser abrasador.hinojo en plenitud

Todavía nos queda lo peor. A poco mas de una hora de Navapalos se alzan ante nuestros ojos unos trigos que solo dejan transitable el talud junto al río y este se presenta tapizado de una hierba traicionera, que no deja ver los agujeros e irregularidades del suelo, que aquí se convierte en una trampa para los tobillos. La opción es limitada. Los trigos son tan altos que no admiten transitar por el suelo que ha allanado la siembre sin destruirlos. La otra opción es el terraplén y el tobillo dislocado. Se nos hacen interminables los cerca de 60 minutos que empleamos en salir del trigal, que se extiende hasta donde la vista alcanza en dirección al cerro de Gormaz, que todavía es visible a lo lejos, quizás 10 0 15 kilómetros en  linea recta hacia el sureste.

Paro a descansar junto a un endrino que mete sus ramas en los trigos y compruebo que una gavilla de espigas solitarias se alza claramente sobre mi cabeza. Sigo con la mirada hasta el suelo la espadaña de paja de cada espiga y veo que superan sin dificultad los dos metros, quizá 2,20 m. ¿Que clase de trigo es este?, nos preguntamos mientras enjugamos el sudor. Son cerca de las dos de la tarde. El sol esta en pleno sobre nuestras cabezas, superando la vertical, de modo que ya nos adelanta y nos obliga a inclinar la vista hacia el suelo para protegernos. Con todo, el sol no es hoy el problema.  Seguir el curso del rio te ofrece a menudo jugosas veredas, pero también a menudo coloca ante ti escarpaduras desgastadas y erosionadas, sin mas sombra que la que forman troncos resecos o muertos. En ese momento, diriges tu vista al río y compruebas que se ha aquietado, que sus aguas se remansan hasta parecer detenidas, y que se vuelven blancuzcas, inhospitas incluso para mosquitos, avispas y  libélulas.

“Navapalos tiene que estar ya cerca”, le digo a Jaime, pero cuesta creerlo, porque el cálculo que hice hace una hora de que nos quedaba una hora ha quedado ridículo y pienso que, en ese punto, nos debe de falta aún otra hora. No tanto por la distancia, como por la dificultad del terreno. Me sabe mal llevar a Jaime por esta obcecación mía de seguir al río allá donde vaya, aunque se que llegaremos a nuestro destino y que entonces recordaremos el calor y el esfuerzo como algo pasado, como un precio que bien vale pagar para ver lo que hemos visto. Jaime no pone ni un pero, aguanta sin pestañear la solajera, incluso cuando nos vemos obligados a comer a la sombra de un talud de tierra compactada que amenaza con venirsenos encima. No hay mas sombra disponible y son mas de las cuatro. El bocata de tortilla de chorizo con rodajas de tomate que ha preparado mi compañero me sabe a gloria. Media hora después estamos en Navapalos.

Es un pequeño pueblo al que el paso del tiempo ha dejado casi vacío y ha derribado, a dentelladas sobre el adobe, las paredes de muchas casas, que muestran al sol sus vigas abatidas y sus paredes interiores desconchadas. Alguién se ha afanado en escribir sobre un tablón, con caligrafía cuidada, una advertencia que suena a súplica desesperada.: “Este, no es un pueblo muerto”.

La fuente a la que nos lleva Nica aún da agua fresca y abundante. Tiene esculpida una fecha de construcción que también parece premonitoria: 1898. “- El otro año de la crisis”, apunta.

Hacia Gormaz

Domingo 4 de diciembre.- Desde el puente romano de Andaluz inicio la marcha. Son las 10.30 de la mañana. Se me han pegado las sabanas por que he dormido a ratos, preocupado por el monoxido de carbono de la estufa y el efecto brasero en el refugio del palomar. Fuera hace bastante frío. Salgo y veo surcar los cielos, apenas unos metros sobre mi cabeza, a 11 enormes buitres en formacion escalonada, con un vuelo majestuoso y distante y con las cabezas fijas, que parecen mirar a muchos kilometros adelante Duero arriba. Ha sido toda una experiencia.

Puente romano de Andaluz
Inicio la marcha. creo que tomare la margen derecha del río, algo mas montañosa. Cuando quiero darme cuenta, ya estoy en Casas de Batan, no lejos de la estacion de Berlanga He seguido el Duero por su vereda derecha, la de Andaluz, Gormaz y San Esteban de Gormaz. Crei que completaria antes el recorrido pero, entre las sabanas pegadas  y el andar pausado que hoy me gasto, me ha dado la una de la tarde. El camino hacia Gormaz no es precisamente corto, asi que debere ponerme pronto en marcha. Atravesando campos y veredas he divisado tres perros, de esos de cazadores, pointer y setter, y pronto veo a un hombre algo mayor que yo, pero bien conservado, con una escopeta en sus manos.

Hablando, hablando, ha resultado ser de Berango, en Vizcaya, casi paisano mío, y hemos charlado un buen rato sobre Soria, la caza (a la que yo no soy muy aficionado, mejor dicho nada, pero respeto) y los pueblos de los alrededores. Después nos hemos dado la mano y cada mochuelo a su olivo, Mis olivos son hoy robles, pinos y álamos deshojados. La mañana está fría y las manos se me congelan mientras escribo. Es mejor que continúe y quizás pueda escribir a la noche desde algún bar de Quintana de Gormáz, con un buen café con leche en las manos. He parado un rato a comer en una de las almenas del abandonado puente de Casas de Batán, un poco como suelen hacer los gitanos, preparas el tenderete a la orilla de un camino y a comer, pero bien .

Ferrocarril hacia Berlanga

——Martes 6 de diciembre.——

Si. Han pasado algunos días desde la última vez que escribí. Una mala, malísima, caída me ha obligado a poner fin antes de tiempo a la etapa desde Andaluz hacia Gormáz. Una caída que, afortunadamente y una vez mas, se ha saldado con un simple susto, pero bien pensé que me llevaba al hospital. Y no solo porque mi “cuerpesito” sea cada vez mas “tablón” y menos juncal, sino por que en la caída creí escuchar un triple “crack” en el tobillo, en la rótula y a media caña y,  según caía al suelo semi-desmayado,  pensaba con voz de médico: “tiene usted la pierna rota por tres sitios”, algún día tenía que pasar.

Pero no.  Al acudir al día siguiente a urgencias, la radiografía solo reveló un esguince de grado “menor”. Me quedé asombrado por que nunca había sentido un dolor tan intenso. Bueno…, ya vale, menos echarle dramatismo.

Cuento como fue. Caminaba por un ribazo de  la rivera del Duero, entre yerbajos mojados y ramas de álamo semiocultas entre la vegetación. Mi destino era Quintana de Gormáz, donde proyectaba dormir. El talud del camino junto al que caminaba no dejaba muchas mas opciones. O me metía por los campos arados y me hubiera hundido con las botas hasta casi las rodillas, por lo blando del terreno, o el talud y su escarpadura. Evité pisar sobre un tronco liso y húmedo que , con la inclinación que presentaba, hubiera llevado a mi “grácil” figura hacia un resbalón indeseado.  Por ello pisé un poco más a su derecha, para librarme del tronco, y ahí estaba el problema. El tronco presentaba, enterrado entre las espigas y las matas del suelo, una rama mas pequeña, pero lisa y húmeda, que, en cuanto se apoyó en ella mi bota de goma, !fiummmmm!. Los intentos de recomponer el equilibrio mientras caía fueron inútiles. escuché el triple “crack” y caí de costado con todo el peso de la ley, la mochila y la ropa mojada que llevaba. Las muecas de dolor que puse son inenarrables. Y juro que hacía esfuerzos por no desmayarme del todo, pero sentía esa especie de deseo de abandonarte que precede al desmayo. Pero afortunadamente el cerebro no desconectó del todo. Otra cosa sería levantarme y los 17 intentos que tuve que hacer. Y no fue mejor la cosa cuando logré ponerme en pie, por que me di cuenta de cual era mi situación. Con una pierna posiblemente rota, a 5 kilómetros de cualquier núcleo habitado, y a un kilómetro del primer camino, de tierra, no de coches. ¿Habría cobertura en el móvil?. No, claro que no, a quien se le ocurre, la cobertura no es para estos casos.

Un minuto antes de la caída

 

Resumo la salida del atolladero, por que ya me he enrollado demasiado con la caída.

Invertí cerca de una hora en caminar unos cientos de metros, chequeando continuamente la cobertura del móvil. Al fin la hallé. La pierna parecía aguantar a duras penas los pasos, pero ahí iba. Decidí no llamar a una ambulancia. No me preguntéis porqué. Me imaginaba a los tíos de la ambulancia haciendome cinco mil llamadas para ver donde estaba y al móvil le quedaba cobertura y  batería para unas pocas llamadas, dos o tres, no mas. Y quería evitar a toda costa que se me echara encima la noche, que ya se anunciaba.

¿!!!!Taxi de El Burgo de Osma!!!!??, va y contesta un hombre que dice que hace mas de 10 años que ya no tiene taxi, pero que su número sigue estando en el listín. !¿Que te parece? . Me vio tan compungido que se comprometió a encontrarme un taxista y lo hizo. Y este si que se ganó su sueldo. Me buscó por cielos y tierras, paró en Quintana a hablar con los lugareños porque no se hacía idea de donde podía estar. Y de repente vi como se acercaba hacia mi por un camino sin asfaltar una furgoneta roja. Le hice señas y su conductor un vecino de Quintana, paró y me acercó al pueblo. Mi gratitud era inmensa. Luego, ya todo fue sobre ruedas, cojas, pero ruedas, Llegó el taxista, me llevó hasta mi coche, en Andaluz, y emprendí, como pude, el regreso a Madrid. Accidentado, pero contento por haber salido de aquella nueva aventura. Así que mi siguiente etapa deberá comenzar en esos páramos de Gormáz en los que casi me deslomo.

 

Berlanga de Duero

Sabado 4 de diciembre de 2011.

Hay un bullicio de bar castellano y entrechocar de botellas que se mezcla con el ruido de la televisión. Estoy en Berlanda de Duero y los parroquianos del local, en la vieja plaza porticada, apuran las horas del sábado sin evidenciar la menor reverencia o gestos de admiración por los mas de mil años de historia que les rodean. !Es normal!, pero el visitante, en cambio, queda enseguida abrumado por las imponentes murallas del enclave, la colegiata, las múltiples ermitas, y sobre todo San Baudelio de Berlanga y el vacío que dejaron en sus muros los frescos románicos que vendieron en 1929 a un judio prestamista los vecinos de Casillas de Berlanga.

Berlanga de Duero

Berlanga de Duero

Impresiona saber que a dos pasos de aquí, donde mañana retomaré el Duero, cruzo el Cid el río por Vadorrey, para arrebatarle Berlanga a los moros y ser su primer alcaide en 1089, hace la friolera de mas de 1.000 años.

El Barcelona vapulea por 3 a 0 al Levante e hipnotiza con su alta definición televisiva a unos curtidos parroquianos, algunos cercanos a los 80 años, con el rostro con tantos surcos como las tierras que labran al sol. Tierras de los Tovar, señores de Berlanga, y quien sabe de que otros dueños, quizás los monjes dominicos, como Fray Tomás de Berlanga, que salió de este rodeno territorio para posar sus sandalias en las ecuatoriales Islas Galápagos y fue Obispo de Panamá y viajero por el Perú, recién sojuzgado. En 1510. !Casi nada!.

Fray Tomás es uno de los hijos insignes de Berlanga, el otro es Mío Cid, aunque este último fuera hijo adoptivo, ya que había nacido en Vívar. Tierras burgalesas mas al noreste, mas, si cabe, parameras, tierra dura, fría y castellana, germen de las Españas, que él fue agrandando en su bajada hacia el sureste, seguramente después de todos aquellos episodio, que están entre la historia y la leyenda, de la jura de Santa Gadea. Cuenta esa historia que el Campeador obligó al rey Alfonso Sexto a jurar que no había tenido arte ni parte en la muerte de su hermano, Sancho II el Fuerte, en el sitio de Zamora. En las explicaciones que daba el maestro en la escuela sobre aquel hecho de 1072 citaba a Bellido Dolfos, hijo de Dolfos Bellido, que debió mediar en el asesinato con sus malas artes, y decía con voz solemne, recitando un antiguo poema,  “si gran traidor era el padre, mayor traidor era el hijo”, lo que convirtió al Bellido o Vellido en el primer malvado que recuerdo de mi infancia).

Almanzor también anduvo por estas tierras y perdió pie en Calatañazor, Duero abajo, y debió regresar, en el año novecientos y pico, malherido y humillado por el paso de Andalùz, un pueblo hoy de 80 vecinos, que tuvo mas de 20.000 almas.

Andalúz, en la distancia

Andalúz, en la distancia

¿Adonde se fueron aquellos pueblos?. ¿A Bilbao?, ¿A Barcelona?, ¿Madrid, quizás Zaragoza?. A alimentar la deshumanización, a vivir  la vida moderna,  pero también a permitir que los chicos estudien, “que no tengan que andar como nosotros -pensaban los padres- todo el día cubiertos de barros”.  Así se alimentaron las ciudades y se despoblaron los campos.

En Andalúz han quedado silenciosos los capiteles románicos de San Miguel Arcangel, forjados al fuego del sol que se pone sobre las arboledas. Los últimos rayos de sol proyectan una luz brillante y metálica sobre la piedra roja de las arcadas, perfilando las figuras monstruosas, angelicales y enigmáticas que pueblan los capiteles del pórtico, que presta un balcón excepcional para contemplar la llanura que cruza el Duero.

El espectacular románico de  Andalúz.

El espectacular románico de Andalúz.

Andalúz, que fue, dicen las guías, el primer pueblo-villa con fuero de Castilla. Tan importante era, pero hoy apenas hay casas abiertas.

Alguien ha rehabilitado allí un palomar. Bueno, alguien no. Enrique Alvarez Lafuente y su padre Jesús atienden una preciosa construcción circular con mampuestos de piedra del siglo XVIII, “El Palomar del Risco”, donde pasaré esta noche, y que está primorosamente arreglado, con una estufa irradiando calor por sus dos alturas, unidas por una empinada escalera.

Una mujer me ha enseñado San Baudelio, rodeado de tumbas de una necrópolis también milenaria. En medio, una columna con un poderoso fuste policromado sostiene 8 arcos semicirculares y apuntados para aguantar la techumbre. El resultado es una gigantesca palmera en una sala a la que se accede a través de diferentes arcos de herradura (la ermita es mozárabe, como en la mayoría de las ermitas de los territorios fronterizos, hoy moros, mañana cristianos, después árabes y vuelta a empezar). Dos bueyes enfrentan sus testudes en el único fresco reconocible que le queda a la ermita.

San Baudelio de Berlanga. Siglo XI.

San Baudelio de Berlanga. Siglo XI.

Cerca de 60.000 pesetas pago un judio prestamista por los frescos a los 20 vecinos de Casillas, propietarios de la ermita. Algunos de los frescos han vuelto desde un museo de Nueva York en virtud de cesiones e intercambios al Museo del Prado, para mayor gloria de la pinacoteca española, pero para menor brillo de sus legítimos propietarios, que eran los muros de San Baudelio, que fue un santo y mártir galo del siglo V. La historia es así y así es la historia, por 60.000 pesetas. También hay quien apunta, y no lo critico, que gracias a que se vendieron se han conservado, porque en relación con el patrimonio que está desperdigado por áreas rurales la dejadez de este país en tiempos pasados ha sido notable.

Bueno, el Barcelona ya va 5 a 0 con el Levante y yo debo retirarme a mi palomar para el madrugón. He recogido la piedra que utilizo como mojón para marcar las etapas en el lugar en que la deje al abandonar la última caminata, en la que tenía los pies molidos, que acabó a la altura de Andalúz, en un paso elevado de la carretera entre el Burgo de Osma y Almazán. Mañana continúo hacia San Esteban de Gormáz en esta etapa decembrina de mañanas frescas y neblinosas. Arrancaré en el Puente Romano, junto a Andalúz, que por una noche y aunque sea en un palomar, será mi hogar y mi casa.

Mi alojamiento,m un palomar del siglo XVIII

Mi alojamiento, un palomar del siglo XVIII.